Make Your Own Christmas Tree Card
04 diciembre 2009
05 noviembre 2009
El puente de San Polinario
Igual que cualquiera de vosotros, tengo mi pasado, mi infancia, esa que nos nutre en determinados momentos. Y creo que ahora es la ocasión propicia para que te cuente algo que acaeció en mi vida medio siglo atrás, lejano, irrelevante tal vez, hasta es posible que tu hayas vivido anécdotas más interesantes, sin embargo, las circunstancias han propiciado que aquel episodio hoy aflore para ti.
Intentaré hacértelo ameno, sígueme:

El pueblo distaba a más de un kilómetro y desde mi roquedal sólo veía el tejado de la iglesia. En más de una ocasión me tentó la curiosidad por acercarme, pero era frecuente ver algún gato en busca de pájaros por el extrarradio y provocarlos no hubiera sido sensato.
No muy lejos de mi roquedal, en la otra ladera del arroyo, destacaba la cuadriculada geometría de una viña en un altozano próximo al camino. El dueño la visitaba frecuentemente. Un día descubrí que lanzaba sobre el camino restos de comida; tal vez porque era de los pocos campesinos que no tenía perro. Le observé durante los días siguientes hasta cerciorarme en qué momento los arrojaba.
Al cabo de varias semanas después ya había memorizado todos sus actos y cuando estuve seguro decidí acercarme. Lo hice por la orilla de un prado hasta llegar al ojo del puente donde el arroyo se descolgaba sobre negras pizarras. Ese era mi lugar predilecto para beber hasta que un tarde sucedió lo que te cuento.
Recuerdo que la mañana asomó con los rigores de un verano caluroso. El hombre cumplió con el ritual previsto, primero liberó al mulo de los arreos y éste marchó cabeceando entre las cepas hasta llegar al tronco de un cerezo rodeado de matojos. El dueño estiró la manta de la albarda y fue en ese momento cuando descubrí que no estaba solo, algo se movió entre los aperos, no era un perro, aunque tenía un tamaño parecido y no conseguí discernir qué podía ser.
Como otros días, al terminar, tiró los desechos del mediodía: corteza duras de queso, mondas de manzana y algo especialmente sabroso: las escamas y espinas del verdel en conserva. Fue un descubrimiento y me apliqué con voracidad pues también los pájaros revoloteaban ansiosos. Bajé hasta el regato y bebí. Luego regresé a mi atalaya sin perder de vista los movimientos que se producían en la viña.
En ese instante observé que un niño saltaba al camino. Mi curiosidad me exigió verlo de cerca y bajé.
“Papá, tengo sed” escuché decir al niño. “ ¿Quieres que vaya contigo?”, “No hace falta, ya soy grande” .
Bajó esquivando los guijarros y saltando sobre los pequeños “escalones” de las riadas que llevaban hasta el puente.
Me camuflé tras unos juncos y le observé exhaustivamente. Se puso de bruces sobre el agua y para verlo mejor estiré el cuello, mi cabeza se reflejó en el agua, él miró hacia arriba pero no me vio, aunque si escuchó el patullo que produje en la fuga. A los pocos metros me detuve y continué observando sin que él se apercibiera.
El niño volvió con su padre y éste le entregó algo envuelto en papel. Rasgó el envoltorio y dejó al descubierto una rebanada de pan y un trozo de mermelada de membrillo. Tomé precauciones y bajé por si también lanzaba lo sobrante.
“¡Papá!, otra vez me ha venido la sed” oí que decía el niño cuando yo cruzaba por el puente. “Vete al regato y espera un rato, no vaya a ser que vuelva otra vez.”
Saltó al camino y me vio. Se quedó petrificado. Alcé repetidas veces mi cabeza a modo de saludo y moví la cola con gesto juguetón.
“¡Papá, un bicho malo, una cosa fea no me deja pasar!”, gritó preso del pánico antes de romper a llorar. No daba un paso atrás, pero tampoco avanzaba. El hombre se acercó corriendo con la vara en la mano, y, ante tan sabuesas intenciones, huí otra vez.
Desde mi atalaya pude ver que el niño era incapaz de contener el llanto y cómo le indicaba al padre el lugar exacto por dónde yo había desaparecido. El niño estuvo tirando piedras contra la lastra grande como la rueda de un molino que estaba apoyada en un pequeño barranco pizarroso del que brotaban unas matas nuevas de encinas. Sí, eestaba en lo cierto, yo había escapado por la hendidura que había bajo la piedra.
Luego escuché cómo el padre trataba de enseñarle una canción: “Que bonita que es mi niña, que bonita cuando duerme, que parece una amapola entre los trigales verdes” repetía una y otra vez el hombre para que el niño memorizara letra y melodía. Al poco, los tonos ocres del atardecer se fueron adueñando del paraje y desde mi atalaya observé cómo las siluetas se perdían al contraluz malva del poniente.

Tres días después regresaron a la viña. No me atreví a acercarme. El hombre sacó unos cilindros más grandes que un puro de tabaco y los fue incrustando en la lastra. Al poco se oyó una explosión y la piedra quedó diezmada. Una nube de polvo se levantó tras el estruendo y cuando volvió la claridad y la calma observé que el niño seguía empecinado en lapidarme a toda costa.
Jamás volví en pos de los desechos, ni traté de inquietarles. Mi vida tomó nuevos derroteros y es posible que otro día te lo cuente. Hoy todo parece diferente y sé que muchos de mis descendientes gozan de ciertas comodidades y, según me han contado, hasta viven en casas donde les prodigan mimos y cuidados. Incluso tienen el honor de ser la mascota familiar en muchos hogares. Ya ves amigo con que facilidad cambian los tiempos.
Por eso tengo la sospecha de que me pasa como a muchos de vosotros: creo que nací demasiado pronto, o mejor dicho, en un tiempo equivocado.
02 octubre 2009
FIESTAS DE SANTA TECLA, TARRAGONA
Jugadores y directivosEste año, como siempre y porque nada es perpetuo, terminaron las fiestas de Santa Tecla. Todos los actos, correfocs, gegants, verbenas, así como cada uno de los espectáculos y atracciones propias de estas fechas, dieron el realce y esplendor que Tarragona merece. No obstante, aquí nos referiremos a las competiciones deportivas ligadas a la historia de todos los pueblos y especialmente a la Tarraconensis.

Nico, Pacheco, Sr. Perroni(arbitro), Salva y Pepe.
No olvidemos que los griegos primero y después los romanos, le dieron el esplendor y la categoría cultural y social que ahora conocemos.
Pero sería injusto e imperdonable por nuestra parte no citar la 51 edición de frontenis, que este año ha dado la victoria a dos magníficos deportistas: Pachi y José Luis, (Pepe para los amigos). No hay que decir, pues se da por entendido vistas las anteriores ediciones de estos juegos, el empeño y la ilusión que pusieron todos cuantos participaron en este evento deportivo, tan duro, tan bello y tan noble. Y sobre todo, no hay que “echar en saco roto” a los actuales campeones que se impusieron por un ajustado tanteo: 30 a 28 a sus oponentes Marcos y Salva, quienes dieron a su vez una lección de buen juego y de auténtica humildad. Saber perder y reconocerlo, como decía Píndaro, "es equiparar el derrotado con el vencedor". Esta competición, como bien se merece, ha salido en varios periódicos, así como en algunas revistas especializadas. Y aunque por avatares de la información, esta noticia no llegue a todos los lugares que uno desearía, si lo hará con todos los honores al “EL RINCÓN BLOGUERO”.
Vaya pues nuestra efusiva felicitación, tanto a los ganadores como a los perdedores. Que su ejemplo de buen hacer, tanto en la cancha como en la vida, sirva de ejemplo a nuestros jóvenes y, por supuesto, a todos los aficionados al frontenis.
Y como colofón a esta brevísima reseña deportiva, es preciso mencionar que, siempre quedará entre nosotros el talante humano que culmina todos los partidos tanto si se gana como si se pierde: una sincera y afectiva ENCAIXADA DE MANS.
Entrega de Trofeos
Autores del texto: Nicolás Marcos y José Luis Aparicio.26 septiembre 2009
Las cosas de Morfeo: el manantial, el jabalí y el tren...
Un monasterio, auténtica reliquia del pasado, se ve a lo lejos; pienso que entre sus muros aún perduran las costumbres ancestrales que nada tienen que ver con nuestro tiempo. Allí resalta enclavado en el paisaje, como un reducto que resiste al tiempo e imagino que el canto gregoriano precursor del alba esa mañana aún fluctuará entre el pétreo silencio.

¡Baaang! Suena un disparo al otro lado del río. Comienzo a preocuparme de veras y avanzo con cautela por el sendero. Busco entre los árboles el destello metálico de las armas y no veo nada. Llegan voces confusas que arrojan normalidad. Cuando me acerco a la roca donde fluye el agua escucho un ronroneo que no viene a cuento...
Allí estaba, un bello ejemplar de jabalí, sucumbiendo al trago sediento, ofreciéndose como blanco perfecto a sus perseguidores.

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El tren se acercaba y no encontraba modo de abandonar la senda. De esta no salgo, pensé.... entonces algo se agitó en mí como un resorte, recobré unas briznas de lucidez y mi cuerpo realizó el mismo ritual de cada mañana: di un manotazo desesperado a la mesilla y el tren calló... ¡Mi madre, ya son las nueve! otra vez llegaré tarde y ya no me quedan excusas que alegar. Podría explicarles que mi cansancio es debido a que he pasado toda la noche corriendo por el bosque porque un jabalí me quería matar, que un tren me quería atropellar. Me dirán que estoy como una cabra, por tanto, sólo me queda poner cara de memo mientras cae el chaparrón y prometer... prometer lo que no creo: que no volverá a suceder.
13 septiembre 2009
la hija del acordeonista
La mañana había sido frenética en la actividad deportiva. Me vino muy bien la reparadora siesta posterior; de las buenas del verano; de esas en las que al despertar la luz te confunde y no sabes si amanece o ya declina la tarde.
Habíamos quedado con unos amigos para cenar en una de las terrazas de la plaza y hacia allí nos dirijimos. La gente bronceada por el sol playero se acomodaba en las distintas terrazas. Quedaban por delante tres días de descanso y mostraban en sus semblantes la feliz entrada en un largo fin de semana.
Los rótulos luminosos de neón parpadeaban los nombres de los establecimientos, algunos chiquillos correteaban vigilados por las abuelas en el paseo central y la remodelada plaza era un bullir susurrante de parejas que iban y venían o acudían al encuentro de alguna cita.
Una vez acomodados fue cuando reparé en la presencia de una niña, una auténtica beldad con un vestido claro y un lazo de seda azul alrededor de la cintura. Supuse que rondaría entre ocho ó nueve años. La acompañaba de la mano un señor de mediana edad, que guiaba un trolley en el que destacaba el estuche de un acordeón.
El hombre se acomodó en un rincón delante una jardinera, los camareros le ignoraban con aquiescencia. Sacó el acordeón convencido de que su hija sería quien le prestaría la máxima atención. Mire a mi alrededor y me percaté de que nadie cercano compartía mi curiosidad. A la niña parecía no importarle la falta de interés del personal, tal vez por eso la nerviosa sonrisa que irradiaba sólo tenía un destinatario: el artista, el acordeonista, su papá.
Se la veía pizpireta y parecía desconocer que su porte de princesa y sonrisa angelical podían agitar las conciencias del bienestar y al paso también la generosidad del personal.
El acordeonista, antes comenzar la interpretación, la conminó a que diese un pasito atrás, probablemente no quería el buen hombre entorpecer el trasiego de los camareros que servían en la terraza.
Mis amigos charlaban y reían, yo me afanaba en dar buena cuenta de una sepia bien tostada. La niña me observaba sin ningún recato, con chispeantes ojos verdes, ávidos por conocer el mundo en una ciudad extraña.
La gula pasó en mí a un segundo plano y no sé por qué extraña razón me volqué en observar las reacciones de aquella mujercita.
El contraste, entre el músico ambulante con el reclamo de su hija y la indiferencia de los clientes, me atrapó.
Al instante sonaron los acordes de un bolero. Hasta bien entrada la melodía era un verdadero galimatías averiguar qué canción sonaba. Cada vez que el acordeón trastabillaba, o “mentía”, la niña miraba con cara de pillina a su papá, por lo que deduje que poseía oído fino y buena memoria, o que no había otra canción en el repertorio.
“Aquellos ojos verdes de mirada serena dejaron en mi alma eterna sed de amar; anhelos de caricias, de besos y ternuras, de todas las dulzuras que sabían brindar” canturreaba yo al compás.
Observé que la princesa dirigía saludos con la mano a un grupo de hombres de baja estatura y tez morena, que lucían un espectacular bigote mientras esperaban sentados en un banco próximo a la terraza.
Al terminar la canción se escucharon timoratos aplausos de los del banco. El acordeonista sacó un cuenco de plástico y se paseó con gesto contrito entre las mesas recogiendo algunas monedas. No muchas, así al menos daba a entender por las muecas de resignación con que miraba a la niña.
El hombre cargó los bártulos en el trolley y al pasar a mi lado observé que un amplificador del tamaño de una caja de zapatos estaba a punto de caer. Les avisé y se detuvieron unos instantes.
- “¿Tenemos suficiente como para comprar la tarta de regalo a mamá?”- oí que preguntaba la niña en un castellano poco claro.
-“Sí - respondió el hombre- ¡Una grande!” .
-“¿Cómo de grande?, ¿igual que la de cumpleaños feliz?”
El hombre calló y miró al cielo. No sé si le agradecía algo o más bien reprochaba su escasa fortuna. Sonrió, alzó la mano señalando un punto en el firmamento y dijo:
- “ Igual que ella”
- “Quién es ella”
-“La luna, hija, la luna que nos alumbra”.
-“Papá, la luna es más grande que la de cumpleaños feliz”.
-“Mejor, así tendrás para más días”
La pareja reanudó la marcha esperanzados en la felicidad que iba a proporcionarles la esperada tarta. Y recordé las tartas de galleta con capas de flan y chocolate, que era el no va más si la coronaba una fina capa de azucar...
