La frase del dia

30 mayo 2021

A pesar de todo, agradable despertar




 

Son las 8 de la mañana del domingo 30 de mayo. En la radio dicen que han matado a una mujer en Alovera (Guadalajara) y que ya son 15 en lo que va de año, y me pregunto: ¿Qué razón puede albergar tanta crueldad entre personas que decidieron un día, repletos de felicidad y alegría, compartir la vida en la salud y en la enfermedad hasta el final de sus días? Lo triste de todo esto es que la frecuencia de este tipo de sucesos los llegan a convertir en algo rutinario. Detesto con mucha más fuerza, que la que emplean esos cobardes, este tipo de conductas. Siempre he pensado que agredir es el reflejo de una carencia, pero hacerlo cuando se es consciente de una superioridad es la más vil e infame cobardía. Asqueroso, como diría mi madre, quién esta mañana ha hecho que me ponga a escribir.

   Desde mi balcón se nota que es domingo porque apenas pasan coches por la avenida. En cambio, las gaviotas que llegan desde el puerto revolotean entre los bloques y una llovizna pertinaz se descuelga acharolando el asfalto y abrillantando las líneas blancas del paso cebra. Tras las montañas del horizonte parece que va a romper la luz del sol y todo el cielo está henchido de nubes blancas en completa calma.

   Abro el teléfono y veo un whatsapp de mi hija Sara y pensando que es un video de mi nieto Nacho lo abro. No, es un enlace del diario digital de Salamanca “Arribes al día”, en cuya portada, dentro del apartado de comarcas, sale el rostro de mi madre vestida de charra. Había visto una foto parecida donde ella bailaba sobre un escenario al aire libre, y si no recuerdo mal, creo que en la localidad de Ciudad Rodrigo. Dicen que bailaba bien, a mí me daba un poco de vergüenza cuando ella bailaba y mi padre cantaba. Cuánto me arrepiento de haber sido tan inmaduro para no saber valorar en su justa medida ese carácter afable y alegre que ambos poseían. La vida después da muchas vueltas y, aun sabiendo que entono mal, si alguien me acompaña pierdo el ridículo y me lanzo a cantar. 

   Mi madre se llamaba Manuela y falleció el 7 de Noviembre del 2014, en la fotografía que precede a este texto se la ve seria, pero seguro que se puso así para la foto, o el fotógrafo supo captar ese instante. Siempre fue una niña, juvenil, noble y dicharachera, si ya era octogenaria y se montaba en el dragón Khan de Port Aventura. Trabajando era un torbellino inagotable y nos exigía la misma energía que ella mostraba. A veces, muchas, yo compadecía a mi padre pues tenía en casa un sargento chusquero a la hora de planificar los trabajos del campo, y nada se le podía reprochar porque predicaba con el ejemplo. Hoy al verla en el diario me ha regalado un bonito despertar y un poco de tristeza porque se quedaron en el camino muchas preguntas que hoy me ayudarían a elucubrar historias de su época. Y eso, por mucho que quiera, ya no tiene remedio. Me consuela saber que allá donde está habrá pensado: ¿Qué creíais que porque estuviera muerta no buscaría la manera de volver a vuestras vidas?

A lo que yo apostillo: quererte fue tarea fácil, olvidarte, Manuela, tarea imposible.











22 abril 2021

Las noches mágicas de sant Magi

Ayer nos acercamos con mi nieto Nacho a ver el galeón Andalucía (Siglo XVII) atracado en el puerto de Tarragona; un buque mercante, provisto de cañones para su defensa contra la piratería; en un insultante contraste con los yates de los petrodólares (desconozco cuál es el calificativo que pueda describir tanto lujo) en el recinto privado del muelle.

   Mientras observaba el galeón en su interior, mi mente se dejaba llevar por senderos de vacíos culturales al tener allí mucha historia para novelar y pensaba que ojalá pudiésemos tener dos vidas para realizar cuanto en la presente se queda en el camino. 

   Asl estaba yo divagando cuando...

   —¡Hola Vicente! -me saludó un excompañero y amigo del trabajo (Algunos me llaman Salva y otros por mi apellido). Los años le habían puesto lentes y en un primer instante no le reconocí.

   —He visto en faceboock un vídeo de vuestra actuación en TVE, que gracia me hizo —comentó.

   —Sí, están pasando videos de actuaciones grabadas en VHS a CDs. Ayer noche vi una de la verbena de sant Magi —añadí.

   —Pues cuélgalas. Eran verbenas divertidas y alegres —sugirió Alfredo.

   En aquel tiempo siempre antes de empezar la temporada me preparaba físicamente corriendo por la zona del río para que mis piernas soportaran tantas horas de matraca. Hubo una tarde que en plena carrera noté un dolor punzante en el muslo diestro, pensé que era muscular y que con descanso todo volvería a la normalidad. 

   La citada verbena sobre la que va este relato, en la que actuamos muchas noches, se celebraba y celebra el 18 de agosto. Era una fecha en la que nuestro grupo, Odisea, regresaba de una pequeña gira por Teruel, Huesca, Lérida o Barcelona y llegábamos con buen rodaje y automatismos memorizados. Justo es reconocer que en mi trabajo jamás pusieron traba alguna para adecuar mis vacaciones a esas salidas.

  Días antes de iniciar la gira llevé a mi familia hasta Salamanca y reposé allí dos días con la esperanza de que aquel dolor en el muslo disminuyera. Me apreté fuerte una venda y emprendí el regreso a Tarragona porque al día siguiente teníamos la primera actuación. Ya de noche me detuve en Tarazona con la intención de comunicar a la familia que pronto entraba en la autopista. No fui capaz de estirarme para introducir la moneda en el teléfono de la cafetería. Los clientes me miraban como a un bicho raro, caminaba encorvado igual que el jorobado de Nötre Dame. Como buenamente pude me acomodé en el coche y continúe ruta con una velocidad moderada. El sueño empezaba a coquetear con el cansancio y decidí salir de la autopista en Lérida porque la carretera exigía menos relajación. Como a unos setenta kilómetros de Tarragona me quedé sin gasolina, en un paraje tenebroso donde no se avisaban alumbrados ni lejos ni cerca. Me situaba en pie, por decir algo, casi en el centro de la carretera, cuando a lo lejos distinguía el resplandor de los faros de algún auto, pero al verme orillaban desconfiados por temor a que fuera "la chica de la curva" disfrazada de jorobado. Al fin, se detuvo un automóvil en el que marchaba una familia de buen aspecto. El hombre no quiso aceptar el dinero que le ofrecí para que me trajera gasolina, pero aseguró que volvería, nunca regresó.

   Mientras esperaba, se detuvo un coche y bajaron tres tipos cuyas siluetas no trasmitían mucha alegría..."Tal y como estoy, atraco a la vista y posible paliza", pensé.

   Todo lo contrario, me llevaron hasta Montblanch y un señor me trajo hasta mi coche. Estaba tan agradecido y contento que, dada la hora, le pedí que marchara. Como había dejado encendidas las luces de emergencia mientras fuimos a la gasolinera de Montblanch, el coche se quedó sin batería y sacando fuerzas de donde no había, intente subirlo a empujones en tarea inútil e imposible. Un buen samaritano me ayudó y pude llegar a Tarragona para dirigirme a Urgencias, en el hospital Juan XXIII. 

   Durante la gira mis compañeros me cuidaron porque mi cara y mis gestos delataban lo que estaba sufriendo. Y lo hacía porque suspender aquellos bolos era un problemón, tanto para los representantes como para los pueblos, y además un perjuicio económico para todos incluido yo.

   Antes de cada actuación me subían en volandas y me encasquetaban en el asiento de la batería y de allí no me bajaban hasta que la sesión se terminaba.

  ¡Qué sabrosos estaban los bocadillos de jamón en un bar de Bujaraloz, a pie de carretera! Tal vez porque después de tanta curva desde Caspe (Zaragoza), solo faltaban treinta kilómetros hasta la autopista que nos llevaba a casa para actuar en la verbena de nuestra ciudad.   

   Esa tarde a la hora de montar el equipo nos sorprendió el enorme escenario con rampas que cubría la fachada del ayuntamiento. Nos dijeron que al día siguiente actuaba allí Joan Manuel Serrat. Mi familia estaba en Salamanca, mi casa vacía y mi margen de maniobra reducido por completo. Mientras situaban los equipos en el escenario, creo que no debí andar muy lejos de batir el record de hamburguesas que una persona puede comer, las que un compañero me trajo del franfurg Doria, situado al final de la plaza. Tras los primeros compases de la presentación, la magia de la música aplacó el dolor. Aquella negrura de cabezas llenando la plaza y la visita de amigos y familiares nos obligaba a vaciarnos, a darlo todo (como dicen ahora); nada pregrabado, todo a pulmón y corazón. La actuación salió bien.

   A partir de ese día, otro batería ocupó mi lugar hasta el final de la temporada.

   Para los curiosos diré que tuve un tumor (benigno) y se curó con una operación que no merece detallar.







03 marzo 2021

Dolores Martín.


 

in memorian, Dolores Martín.

   La conocí una de aquellas tardes de verano cuando se sentaba sobre unos cartones encima de la acera de la casa de mi suegra Otilia. Allí acudían puntuales a la tertulia varias vecinas de edad parecida, Teresa Martín, Aurelia, Josefa, Eulalia, Eloina, María, (que siempre llegaba acompañada por Miguel, que gran hombre), Otilia y Dolores. Era para mí casi una obligación controlar el horario de la siesta para bajar a escuchar tanta experiencia y sabiduría. Y las veces que, por la razón que fuera, no llegaba a tiempo y al salir encontraba la acera vacía, sufría un íntimo reproche porque sabía que ya no podría recuperar algo para mi muy grande y aleccionador.

    Las primeras veces que escuché hablar a Dolores me sorprendió gratamente. Esa calma con la que participaba en la conversación, el vocabulario que ofrecía y la claridad con que exponía sus ideas, hizo que le prestara especial atención.

   Atención que aumentó cuando la vi delante del altar en los festivales de verano que se realizan dentro de la iglesia. Si no recuerdo mal, en sus paseos por los caminos circundantes al pueblo, había encontrado fragmentos de un poema que hablaba sobre el respeto, lo restauró y recitó con el mismo aplomo e idéntica claridad que cuando se acomodaba en la acera con sus amigas. Podría decir que visitarla y escuchar sus sabias palabras era un motivo añadido para ir al pueblo.

“¿Qué haces Dolores?” le preguntaba yo cuando ya sus fuerzas la impedían pasear como antes y permanecía sentada siempre con un libro sobre el regazo.

“Disfrutar de lo disfrutado” respondía ella, dejando patente un optimismo inagotable, pues, cuando las facultades acortan los caminos hacia la felicidad, es de ser muy inteligente encontrar senderos, que camuflan la realidad, amparándose en los recuerdos de los buenos tiempos.

   Dolores era una de esas personas a las que más deseaba yo entregarle un ejemplar de LLUVIA DE CARAMELOS, pues me ayudó con su sincera experiencia juvenil del mundo de la siega. Y de algún modo, un poco con sano egoísmo por mi parte, me congratula el hecho de que fuera la Lola de la novela, porque ella se sentía importante y yo encantado de que así fuera.

   Y concluyo esta entrada manifestando que, aunque no fuera de mi familia, siento por su ausencia la misma pena como si así fuera. La imagino allí arriba con esa sonrisa de aceptación, la misma con que afrontó todo en su vida, satisfecha de su existencia terrenal, disfrutando de la gloria bien merecida y de la alegría al volver a encontrarse con sus compañeras de tertulia hasta la eternidad.