El puente pasado decidimos hacer una escapada porque de tanto en tanto conviene romper el trajín y abandonarse al relajo.

Sin embargo, los planes de inversión que concede el gobierno hacen posible que paisajes ancestrales, que eran referentes a seguir durante el trayecto, hayan desaparecido, o bien, su cambio les hace irreconocibles.
Mas continuemos con el viaje. No sé si será porque los años pasan factura o porque soy reticente a los nuevos inventos que mutilan en cierto modo la libertad de mi auto, es decir: gepeses, detectores de radar u otros artilugios de pelaje similar, continúo guiándome por la intuición y como humano tropiezo muchas veces en la misma piedra. Además, la voz de la conciencia que va de copiloto no se corta para decirme si llega el caso: “¿Para que lo quieres si no le vas a obedecer?”.
Reconozco que no le falta razón.
Así pues, transitar por carreteras solitarias, sin agobios de ningún tipo, es harto placentero.
Después de cruzar Montblanc, Tarrega, Guisona, llegamos a Artesa de Segre y fue ahí donde el coche se desvió hacia Tremp y no llevó hasta Sort, no paramos a comprar lotería que hubiera sido lo habitual en la afamada Bruja de Sort. Ascendimos por una sinuosa y empinada carretera desde la que se divisaban panorámicas idílicas. Al llegar al punto más alto se extendía una pequeña meseta en cuyas laderas pastaban las vacas. Decidimos reponer fuerzas rodeados de un aura de tranquilidad y de los buscadores de setas que pasaban a nuestro lado con las cestas vacías.
El hotel que habíamos reservado estaba cerca de la pirámide acristalada bajo cuya estructura se encuentran las termas de Caldea. El aparcamiento en aquellas calles era empresa difícil, pero tuvimos suerte y encontramos un hueco a escasos metros del hotel.
Disfrutamos con total tranquilidad de las instalaciones. Sentir la fuerza del agua con 30º de temperatura, bajo el cuello de cisne, los jacuzzis, las máscaras de agua vaporizada y las diferentes tazas de hidromasaje. El murmullo de los multiples chorros invitaba al silencio y a la abstracción. De repente, desde una potente megafonía, llegaban las voces del grupo coral inglés ”IL DIVO”, interpretando “My Way” de Frank Sinatra. ¿Que más se puede pedir?
Entre tanto, en la calle llovía sin intensidad y a través de las vidrieras podía verse un día gris, que después de tanto verano, tenía su encanto al menos para mí.
Vimos en el exterior un grupo de bañistas en una laguna contigua y hacia allí nos encaminamos. El contraste de la temperatura que mi cuerpo había acumulado hizo que al caminar en contacto con la brisa del exterior sintiera un latigazo de frío que casi me hizo tiritar y al ver al resto de bañistas que aparentaban tranquilidad, pensé: “Que blandito me estoy volviendo”.
Después observé que la gente seguía el recorrido del agua y se colaba por un pequeño túnel del que colgaban unos plásticos duros que separaban el interior del exterior de las instalaciones. Por tanto, no era necesario salir del agua para ir de un sitio a otro. Una vez más recordé que para algunos por mucho que pase el tiempo, seguiremos siendo urbanitas con corazón de labriego. Es lo que hay.
Dicen que hay crisis y yo añado que es cierto, aunque no es menos cierto que ni la lluvia aparta la voracidad consumista. Un gentío copaba las aceras ataviados con paraguas o se cobijaban bajo los salientes de los edificios.
El río Valira bajaba enfurecido con el color marrón de los nuevos aportes y en las montañas periféricas se dejaban ver entre brumas casas de difícil acceso.
Cruzó bajo la lluvia la caravana de una concentración de Wolkswaguen- escarabajo. Nos dirigimos a una tienda de instrumentos musicales e hicimos algunas compras. Luego visitamos otras galerías donde el flujo de gente era constante.
Al volver a Tarragona el coche avanzó paralelo a los pantanos de antaño y por el trayecto más corto, quizá porque está mejor en su garaje que bajo aquella lluvia pertinaz y cansina.