La frase del dia

01 enero 2017



INOCENCIA  ROBADA

                
     Sucedió al final de una navidad de antaño, de aquellas de niebla, carámbano y barro. Los muchachos estaban contentos porque al día siguiente llegaban los reyes magos.
    Perico se levantó muy temprano. Delante de la chimenea se acomodó descalzo en un taburete. Con las tenazas cogió brasa de la lumbre y la dejó caer dentro de una bota, volteó rápido y sacudió encima del fuego. El pie lo agradeció y repitió la maniobra con la otra bota.
    En la calle, la dureza del suelo helado y las huellas en el barro de las vacas le hacían daño en los pies de camino al corral. Vio a su padre junto a otros hombres esperando bajo la farola de la carretera al camión del pantano.
    Perico no estaba contento y su madre tenía la culpa. No cuidaba algunos detalles, siempre tenía prisa y la noche anterior la vio esconder una caja pequeña de cartón con una ventana de plástico, ni se molestó en envolverla, era un cabás de cuadros rojos, lo que había pedido él porque el que tenía estaba roto en una esquina. La historia de los reyes era mentira. Y pensó que tenía razón Aquilino cuando dijo que eran los padres, pero como decían que aunque era grande estaba falto no le hicimos caso.
    Perico acababa de cumplir diez años y cómo era el más grande de los siete tenía que ayudarle a su madre a traer una carga de leña, preparada y atada en una ladera  del Castañal.
    Compensaba el saber que a su padre hoy le darían destajo y, como otras veces, le traería un buen trozo de mermelada de membrillo en la fiambrera y le dejaría montar en la bicicleta.
    Un viento gélido barría la calle y una niebla densa le daba aspecto intemporal. Blanqueaba la escarcha en el puente del regato y un gato negro exhalaba vaho desde un balcón. Al llegar al corral descubrió que colgaban de las tejas "cucuruchos" de hielo. Sabía que chuparlos levantaba dolor de cabeza. La temperatura se tornó agradable al entrar en el establo del “Nene”, un mulo azabache de crines rebeldes. Lo llevó al abrevadero y partió con una vara la lámina de carámbano que alisaba el agua.
    Luego la madre caminó delante y Perico la siguió con el mulo de rabero.    
    Se espesó la niebla al dejar atrás el pueblo y un frío húmedo arreció con la blancura de las huertas al costado del camino. Como una sombra les adelantó un hombre encima de la caballería.
    La madre señaló la carga y dejaron en el suelo los aperos que estorbaban.
    Fueron varias intentonas de un esfuerzo que calentó el frío. Pero no hubo manera de subirla más arriba de las rodillas. Allí quedó igual que estaba.
    No hubo reproches cuando el padre llegó al caer la tarde. Perico tuvo su paseo en bicicleta por la cuesta abajo. Le dijo a su padre que no fueron capaces de cargar la leña y que ya sabía que no existían los reyes magos.
    —Mañana si te levantas pronto vienes conmigo —le dijo su padre cuando guardaba la bicicleta en la bodega vieja.
    Más tarde en casa, mientras los padres hablaban, le sirvió de cena la mermelada.
   La mañana llegó con lluvia tenue y un viento gélido que dejaba en la calle ralos copos de nieve. Perico y su padre, abrigados a conciencia, abandonaron el pueblo a lomos del “Nene”.
    En el castañal se había disipado la niebla, pero empezaba a cuajar la nieve. El padre sacudió la que había encima de la carga. Puso el mulo en un  plano más bajo y con la podadera cortó unas escobas que estorbaban.
    —Tú, sujeta al “Nene” — le dijo.
    Vio cómo su padre maniobraba en la carga. Tres haces poderosos brillaban mojados encima del animal. El padre llenó los huecos de la carga con las escobas y enfilaron el sendero de vuelta. Desde la rampa del castañal se distinguía el bamboleo que las cuerdas de agua dejaban en la lejanía portuguesa. La caminata tras la caballería hizo que los cuerpos entraran en calor a pesar de la caricia del aguanieve en la cara. Extendieron la carga sobre el suelo de la cuadra y al entrar en casa las cinco criaturas estaban sentadas en el suelo de la cocina a la vera de la lumbre.  Apenas asomaron en la puerta la chiquillería levantó triunfante su regalo. La madre vigilaba sentada en una silla mientras daba la papilla a una niña de manos regordetas que quería salir de la cuna. Todos querían compartir su juguete, con los recién llegados, excepto Matilde, la gemela.
    —¿Qué le han hecho a Mati?” preguntó el padre
    —Estoy fadada” — balbuceó la niña.
    —¿Por qué?
    —Porque siempre viene el negro del carbón.
    La risa brotó espontánea tanto en Perico como en los padres.
    —Es un rey también —dijo Perico.
    —¡De malos y pobres! —Protestó con un carácter hasta el momento desconocido.
    —¿Quién te ha dicho eso? —preguntó.
    —¡La Yoli! dijo que el rey negro trae el carbón y pocos regalos, que era para los niños que eran malos y también para los pobres.
    —¿De quién habla? —se interesó el padre.
    —De la cría del panadero, es un año más grande que la Mati, pero en la escuela es bastante corta —aclaró la madre.
    —Mati, no hagas mucho caso —intervino Perico y, abriendo los brazos, añadió—: no veo carbón aquí. Yo hablé con el negro cuando os dejó estos regalos y me dijo que los traerían la próxima vez porque lo de este año se había terminado.  Pero, ¿Te acordarás de lo que falta? Si me dejas el cuaderno y el lapicero, yo lo apunto y se lo envío a Baltasar—fue decir esto y los niños que jugaban en el suelo se levantaron y como si lo hubiesen mojado.
    Perico miró sonriendo a los padres, sorprendido por el revuelo que habían originado sus palabras y se creyó con el derecho a exigir pantalones largos como regalo el próximo año,  porque el azar le robó la magia de la inocencia una navidad de antaño.
    

5 comentarios:

Manuel dijo...

Este relato, Salva, ¿está sacado de tu novela?. No recuerdo bien.; pero podía muy bien estar, pues Perico sí que era es un personaje de aquella. Escribes con tantos detalles y matices, que nos metes en aquellos ambientes y días invernales de antaño. Hubiera recordado lo de meter brasas en la bota para calentarlas, algo muy usual por aquel entonces con aquellos fríos y tener, como casi todos tenían, una lumbre a mano y coger con las tenazas una buena brasa en las botas y agitar…. ¡Qué tiempos!
En mi blog, donde informo con foto que los Magos están cerca de La Zarza, añado enlace a este relato tuyo: “Inocencia robada”
Feliz Año, Felices Reyes y felices relatos, escritos y/o novelas en el nuevo año.¡Ah y Felices viajes...

-Manolo-

-

Salva dijo...

Manolo, no está sacado de mi novela. Fue real lo de la anécdota de la leña. Lo otro, el diálogo es fabulado. Perico no existe en mi novela El Perfil....
Sucede que me tira mucho la nostalgia de la infancia y es un vivero de ideas inagotable.
Que, aunque fue humilde, es hoy en día fructifera y muy gratificante.

Anónimo dijo...

Amigo Salva.
El entrañable relato que nos ofreces en tu entrada, no solo es gratificante en ésta época del año, sino que, es el vivo recuerdo de nuestras vivencias de la infancia, que, traídas ahora a colación, hacen revivir aquéllos momentos tan felices que perduran en nuestras mentes y tan poco valorábamos nosotros en aquél entonces, y, sin embargo, tiene un valor incalculable como parte de nuestras vidas y nuestra historia de niños; por eso, comprendo que te tire mucho la nostalgia de la infancia también a ti, porque a más de uno nos pasa lo mismo.
Me ha gustado.
Saludo. Luis

Salva dijo...

Tienes razón, Luis. Tira mucho la nostalgia de la infancia. No sé por qué razón. Ha pasado mucho tiempo y la vida viene de cara. Al echar la vista atrás uno tiene muy claro de dónde viene y aquellos valores de esfuerzo abnegación ayudan a ve el presente con optimismo. Un abrazo

Manuel dijo...

Tienes razón, Salva, no era Perico, si no Pedrito. Como tú los has "parido"...¿no vas a reconocer a tus hijos?... Cuando quieras y te apetezca, escribes y recuerdas o fabulas con otro chaval de la época, Paquito, por ejemplo, y nos regalas unas pocas, pero interesantes líneas, como tú sabes hacer.

¡Felices Reyes y Feliz Año!

-Manolo-